La última despedida

Por lo general, a las personas no nos suelen gustar las despedidas. Un despedida significa el final de algo, el punto en el que aquello que te mantenía ocupado o en algún lugar del mundo lejos de casa, acaba por terminar. Pero para nosotros, nada termina aquí, porque esta despedida no es el final; sino el comienzo de una nueva etapa en nuestras vidas.

La última semana de voluntariado ya tomaba un toque nostálgico. Todos los que estuvimos en los barrios de Cantilito, Ciudad Equidad, etc. ya empezábamos a sentir más próximo el final. Y en las rectas finales uno siempre da un último sprint, para apurar la llegada de la mejor manera posible. De verdad, no es normal la entrega que todos nosotros mostramos en estos barrios. No es que antes hubiésemos estado apesadumbrados o distraídos, simplemente observas todo el camino recorrido con retrospectiva, pensando si te quedó algo por hacer.

No son los rayos del sol ni el calor que el viento trae consigo lo que te deja marcado de Santa Marta, es su gente. Es curioso pensar en la profunda huella que hemos dejado en muchos hogares de esta ciudad colombiana. Su agradecimiento, su capacidad de entrega hacia nosotros mismos y la manera en que se vuelcan contigo cuando les visitas en sus casas, para escucharles e intentar darles un mínimo alivio y unos oídos capaces de escuchar. Nuestra historia de voluntariado en Santa Marta termina, pero el voluntariado no acaba aquí. Entre lágrimas nos despedimos. Vinimos pobres, pero nos volvemos ricos.

Los últimos días fueron para nosotros, para el grupo, para hablar entre nosotros y compartir experiencias vividas. Al nuestro amado líder le encanta la aventura en la montaña, y esta vez nos preparó una buena. El objetivo era caminar por la Sierra Nevada de Colombia (que de nevada tiene solo el nombre) para copar un cerro a 3000 metros de altura, a través de la jungla.

Las primeras 4 horas fueron increíbles. Caminar a través de la densa jungla sudamericana con toda esa vegetación, la humedad y el calor… desde luego es algo que, si te paras a pensarlo, poca gente ha hecho. La vista de los valles que se divisaban con los vaivenes del camino te quitaban el aliento. Era un paisaje glorioso; el azul del cielo limpio de polución, el verde jungla que pintaba las montañas, el canto de los loros, guacamayos y tucanes… Un auténtico regalo. Cinco horas de caminata, con un desnivel de 1000 metros, para llegar al campamento base y poder descansar de todos los kilómetros que habíamos recorrido.

El cielo nos bendice con una noche estrellada, estando previsto que hubiese nubes. Pero las estrellas estaban de nuestra parte esa noche. Sólo el frío nos impidió pasar una noche de plácido descanso. A la mañana siguiente, aún de noche, nos ponemos en marcha para ganarle al sol y verle salir antes de que él llegue a ser visto por nadie, pero ese día se dio prisa. Aun así, no perdemos el ánimo, y nos ponemos a caminar como locos para copar el ya codiciado cerro Kennedy. Las piernas no podían trabajar como querías. El aire pesaba por la diferencia de oxígeno que había 1000 metros abajo, y sólo te sostiene tu mente, que te pide que pares, que el cansancio que soportas no tiene sentido, pero nuestro corazón late con ritmo y tú sigues su compás, paso a paso, hasta llegar a tu meta. La sensación de alcanzar una cima, por ínfima que parezca, te llena de orgullo.

Nosotros fuimos héroes. Aquí no dejamos de darle a la gente lo que necesitaba: un amigo en quien apoyarse y con quien desahogarse, alguien que no te va a juzgar por lo que hiciste, sino darte un abrazo y esperanza para cortar con sus problemas del pasado y mirar con alegría al futuro. Aquí dimos alegría cuando sólo había tristeza, cuando la subida era empinada y los pasos cada vez tenían menos fuerza. Porque aquí nosotros fuimos héroes, que no cambiaron nada, y lo cambiaron todo.

 

DÍA 20

DÍA 19

“Servicialidad y generosidad”

DÍA 18

Galería de la jornada

 

DÍA 17

 

 

El libro de la selva (II Parte)

Es curioso ver como el hombre, cuando está rodeado de naturaleza, tiende a comportarse de una manera más salvaje. Verte en una playa paradisiaca, rodeado de grandes amigos, después de haber sobrevivido 4 horas de caminata por la jungla te llenan orgullo y satisfacción. Y haces el burro, como solemos decir.

La playa del Cabo de San Juan, que es en la que estábamos, estaba flanqueada por dos rompeolas imponentes, uno de los cuales estaba copado con una preciosa cabaña de madera de palmera en la cual los más afortunados podían disfrutar de un buen sueño justo donde el mar rompe. Varios de los nuestros, afortunados o desafortunados según se mire, pudieron colgar sus hamacas dentro de la cabaña que los cuidadores del parque habían edificado un poco más metido en tierra. Otros, un poco menos afortunados, tuvieron que meterse en tiendas de campaña y soportar un efecto invernadero brutal mezclado con sudor y demás menesteres.

Otros, en cambio, sí que estuvimos acertados y creamos una auténtica comuna a base de cuerdas y hamacas atadas a árboles, especialmente palmeras, con el riesgo que ello conlleva, los cocos. Imaginaros 8 árboles totalmente ocupados por 30 españoles y sus hamacas, creando varios niveles para estar todos juntitos y arrimaditos. Ni los gitanos habrían creado algo tan asombroso como lo que nuestros voluntarios construyeron en aquella playa.

Pero mejor que eso, era la estampa con la que sabías que te ibas a despertar al día siguiente. No tengo palabras. No puedo conseguir que veáis cómo la primera luz del alba asomaba sobre las olas del mar, ni que seáis capaces de sentir el aroma del mar que el viento arrastra consigo ni el sonido de las olas rompiendo contra la arena de la playa. Es un amanecer con el que todos hemos soñado alguna vez. Un amanecer paradisiaco. Casi divino.

Después de un desayuno a base de leche en bolsas y unos buenos Choco Crispis de Makro, estábamos listos para empezar la segunda jornada de nuestra visita a Tayrona. Nos dirigimos hacia una piscina natural, creada gracias a un gran coral y a las rocas que a 50 metros bloqueaban el avance de las olas. Muchos temerarios decidieron asomarse a los cofines de la piscina, con algún que otro “regalito”. Otros, más metidos en lo que es el “royo caribeño”, decidieron abordar un barco belga que había por ahí anclado. En cualquiera de los casos, el momento fue muy agradable.

Ya desde ahí empezamos a caminar con destino al final de nuestra visita a este fabuloso parque. Durante un momento empezamos a tener miedo a que la travesía llegara a ser como la del día anterior, pero afortunadamente casi todo el camino fue sobre llano y sin sobresaltos. Lo único que nos castigaba eran los rayos de un sol abrasador que no tuvo clemencia de ninguno. Después de todos los kilómetros recorridos, los autobuses nos recogieron para llevarnos a donde nos merecíamos: un buen almuerzo.

Por primera vez en toda nuestra estancia en Santa Marta nos dieron pescada para comer, con arroz de coco. Hombre, no es un gazpachito fresquito como el que hace la abuelita, pero quita el hambre también.

A las personas nos encanta vanagloriarnos de lo que conseguimos, pero también nos encanta quejarnos de todo. Se oía de todo en el bus de vuelta, desde “ha sido una auténtica tontería el paseo” a “¡me voy a cortar las piernas de las agujetas que tengo!”… ya os podréis imaginar.

Muchos se fueron al hotel después de esta aventura, para recuperar el sueño perdido. Otros pocos decidimos seguir con la aventura caribeña y aterrizamos en una playa magnífica, totalmente vacía, sola para nosotros. Como os he comentado antes, el estado natural del ser humano se apoderó un poco de nosotros, especialmente de los hombres. Hicimos lo típico, correr, saltar, emitir sonidos gutarales cuales cromañones… Disfrutar de la playa como se merece.

Fue sin duda un fin de semana muy cansado. A veces no nos damos cuenta de lo privilegiados que somos; de lo que tenemos. Nuestras familia, los amigos, los viajes como este… No podemos perder las ganas de cambiar el mundo ni el deseo de vivir. Hagamos lo imposible para que todo, sea posible.

 

 

DÍA 16

 

DÍA 15

 

El libro de la selva

 

Es viernes en Colombia. El grupo cierra la última charla que pretende prepararnos para la travesía de nuestras vidas hacia lo que muchos colombianos llaman “el edén”. La verdad, no me creo que en el verdadero edén uno acabe con las piernas hechas polvo. Pero, como diría Jack el Destripador, “vayamos por partes”.

Aquí en Colombia hay un parque natural muy hermoso, o así nos lo venden aquí, que despierta la codicia de todos los turistas que vienen a Santa Marta, el parque de Tayrona. Este parque es una jungla virgen en la que hay una gran biodiversidad que debe ser cuidada y protegida, donde no hay lugar para la basura ni para todo lo que no sea natural. Es muy famoso por sus playas paradisiacas, piscinas naturales y demás parajes que sólo el caribe puede ofrecer a nuestra mediocre vista. Y os aseguro que las playas eran una auténtica pasada.

Ahora bien; ir a una playa paradisiaca no es gratis… y no hablo precisamente del bolsillo, que también. Quiero que os imaginéis en la jungla caribeña, con unas ganas locas de poder ver por fin esa playa tan maravillosa de la que tanto te han hablado, con todo el equipo necesario ya en la mochila, que pesa ocho veces tú, más 18 bolsitas de agua de 300 mililitros (el concepto “botella de agua” es una utopía que los colombianos jamás serán capaces de vislumbrar) más un control tan largo como las 6 películas de Star Wars seguidas; tal cual. Pues después de toda esta preparación, llegó la hora de lo verdaderamente divertido: el paseo hasta la playa.

Os suena la ascensión al Anapurna, ¿cierto? Bien, os aseguro que a más de uno eso le habría parecido un caramelito comparado con nuestro camino por la jungla colombiana. Os lo digo enserio, cuatro horas de “paseíto” hasta la playa por un camino que subía y bajaba todas la montañas que podía, sólo porque tenía ese capricho de subir y bajar. Absurdo, ¿verdad? La primera hora ibas subiendo a buen ritmo, tenías los ánimos muy arriba, al igual que tu autoestima, que hacían las de mula de carga para llevarte todo ese peso que en circunstancias normales jamás habrías pensado en echarte a la espalda.

A la hora, ya te rayas, porque las bajadas que empezabas a ver eran sólo un oasis para tus endebles rodillas, que ya empezaban a flojear. Pero ya llevas una hora caminando y piensas que retroceder es de cobardes, y ya que estás aquí, “pues tiras pa´lante”. El camino comienza a allanarse y los pasos que das empiezan a transformase en disfrute y deleite del paisaje que te rodea. Por primera vez, después de una hora, te fijas en los troncos de los árboles y en todas las lianas que pueblan esta selva. Tarzán estaría orgulloso.

Pero sudas mucho y la sed empieza a hacer mella en tu resistencia. Sólo quieres parar. Andas por la inercia que llevas y porque sabes que si paras, te quedas en el sitio. Pero, afortunadamente, hay un alto en el camino programado. Paras en un poblado indígena (que de indígena sólo tiene el nombre casi) donde habitan 8 indios que te vendían a un precio muy bien establecido esa Coca Cola que no sabes cómo narices ha llegado hasta ahí.

Después de la parada, más camino, pero gracias a Dios cuesta abajo. Vas sorteando rocas y demás obstáculos, pensando que cada paso que das es un paso menos hasta la meta. De repente el mar se deja ver y la alegría te invade pensando en la recompensa de un baño bien merecido en cuanto llegues a esa playa paradisiaca. Y llegas y ves la playa. Y tu cansancio te impide correr, pero sabes que tu siguiente misión es ponerte el traje de baño para empaparte del mar que tanto anhelas.

Continuará…

 

 

DÍA 14

Galería fotográfica de la jornada

 

   DÍA 13

 

La generosidad de los más pobres

 

   DÍA 12

 

En nuestra mano

  DÍA 11

Nuevos barrios, caras nuevas

 

Es curiosa la forma en que trabaja la lógica humana. A veces, la lógica que uno aplica a las cosas es algo tan ilógico que, de tan absurdo, acaba siendo maravillosamente cierto. ¿Quién pudiera pensar que la persona más feliz es la que menos se preocupa de sí misma?

El sentimiento de pertenencia en el ser humano es muy fuerte casi siempre, a rasgos muy generales: pertenencia a una familia, a un grupo social, a un país… también la pertenencia de “posesión” de objetos físicos, como una casa, un teléfono móvil, unos zapatos, etc. De una manera u otra, sentimos que hay ciertas cosas que le pertenecen a uno, y así es ciertamente.

Cada uno de los barrios que se visitamos aquí, en Santa Marta, tiene algo que lo hace único. Creo que lo que más puede llamar la atención de los que visitamos esta última semana es la humildad que se respira en ellos. Como siempre, la acogida es absolutamente increíble. A medida que caminas entre las calles de San Martín, San Jorge, La Muralla o La Lucha, por mencionar algunos, te das cuenta de que nuestra misión aquí no es un mero capricho de turista.

Muchos hemos tenido la oportunidad de hacer visitas en los colegios de cada barrio para tratar de explicarles a los niños (y no tan niños) cual está siendo nuestro trabajo aquí. Les intentamos explicar que lo que queremos es que la gente se abra, que compartan sus problemas y que sepan encontrar apoyo en el otro para salir adelante. A continuación, a muchos niños les pedíamos que nos contasen cuál es su mayor miedo en la vida. Las respuestas, os aseguro, eran para echarse a llorar. Muchos relataban que el peor momento de su vida fue cuando sus padres se separaron, pero lo que más sobrecogía eran sus respuestas: “yo regresaría en el tiempo”, “yo haría lo imposible para que volvieran juntos”… y por triste que resulte oírlo, este era el más “flojo” de todo lo que los niños nos contaban.

Una gran mujer dijo que “la mayor pobreza, es la falta de amor”. Esta frase de Madre Teresa de Calcuta describe muy bien el problema que presentan estos barrios marginales de las grandes urbes. Las personas viven rodeadas de gente todos los días y a todas horas, pero es precisamente eso lo que les deja destrozados: tanto transeúnte por la ciudad, y nadie con quien poder compartir aquello que más los aflige. Hay mujeres que no se les permite salir de sus casas por mero capricho del marido, o ancianos cuyas fuerzas no les permiten ni salir al mercado para comprar la fruta.

Lo que más duele no es estar solo, sino la soledad interior de no ser comprendido. Cuando visitamos una casa ubicada en la cima de los cerros donde se encuentran los barrios, la cara de alegría e incertidumbre que se dibujan en los rostros de los samarios del lugar es una maravilla: “¿Por qué han venido a visitarme? ¿No buscáis nada?” Cuando les decimos que lo único que queremos es que nos cuenten su vida, entera, sin tapujos, se emocionan muchísimo. Les encanta poder compartir, aunque sea un segundo, aquello que les aflige por dentro.

Muchas veces no es necesario darle a una persona bienes físicos para que su vida mejore, porque para muchos la pobreza, aunque parezca increíble, no es el mayor de sus problemas. Lo mejor que tenemos para regalarles es lo más valioso que tenemos en la vida: nuestro tiempo. Nuestro tiempo para sentarnos a su lado, y escuchar. Solo escuchar.

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  DÍA 10

La lección del drogadicto

 DÍA 9

Estamos recibiendo mucho más de lo que estamos dando

 DÍA 8

Una tarde con Don Blas de Lezo

 

Hay ciudades en el mundo que, al oír hablar de ellas, enseguida sabemos qué tiene de característico y qué es lo que queremos ver en ellas. Algunas como Roma, Nueva York, París, Barcelona, Londres… capitales (aunque en el caso de Barna es solo de provincia J) que uno desea ver si no las ha conocido, o recuerda aquella vez cuando la fue a visitar con mucho cariño.

Pero este sábado fuimos a ver una de esas ciudades que probablemente no suenen tanto como todas las mencionadas anteriormente. Esta ciudad de la que os hablo ha sido testigo de uno de los episodios más grandes de la historia de España y demuestra en cada esquina la huella que nuestro país dejó en esta tierra americana. Estoy hablando de Cartagena de Indias, la ciudad más importante del caribe español durante aquella época en la que “el sol no se ponía en nuestro imperio”.

Podríamos estar hablando horas y horas del periodo de la “América española”, pero me quiero centrar en lo que fue nuestra visita. La llegada fue normal: salimos desde Santa Marta a las 4 de la mañana y llegamos a las 8 para poder gozar de una buena visita turística. Algunos afortunados pudieron ir a una playa magnífica en la isla del Rosario, suertudos ellos. Otros, en cambio, tuvimos que pelearnos con los cartageneros que pensaron que un español “nació ayer”. Pero estos no saben de donde les viene este carácter ávido para el negocio, sin comentar que nuestro grupo de catalanes mantuvo intacta su fama y consiguió lo que todos deseábamos: recuperar nuestro dinero, hasta el último céntimo.

Así que después de gritos y acusaciones, decidimos no amargarnos las vida y dirigirnos, ahora sí, hacia la ciudad que habíamos ido a visitar. Entramos en el casco antiguo por la plaza de la Aduana, la cual está presidida por una magnífica estatua en honor a Cristóbal Colón y las tres embarcaciones que descubrieron el Nuevo Mundo. Desde ahí, iniciamos un paseo delicioso por Cartagena. Os aseguro que más de uno quedó prendido de la ciudad y de todos sus rincones. ¡Es una ciudad española, que rezuma historia por todas partes! De verdad, es un oasis dentro del caos que nos supone estar en Santa Marta.

Tras ver la ciudad y quedar enamorados de ella, algunos fuimos a ver el fuerte San Felipe de Barajas, el enclave desde el que se produjo la defensa de la ciudad y consagró, por un lado, a España como la potencia naval que fue y, por el otro, a Don Blas de Lezo como almirante y héroe de guerra español. Precedida la entrada por una estatua del susodicho, el fuerte custodia con celo la ciudad que tanto significó antaño para nuestros antecesores. En un emplazamiento estratégico y construido aprovechando las elevaciones del terreno, desde lo alto puedes observar toda la bahía que aquellos héroes españoles defendieron a capa y espada contra la flota del Almirante Vernon, la más grande jamás vista hasta el desembarco de Normandía.

“Para venir a Cartagena, es necesario que el Rey de Inglaterra construya otra escuadra mayor, porque ésta solo ha quedado para conducir carbón de Irlanda a Londres”. Con estas palabras el Almirante Don Blas de Lezo se mofó de la incapacidad de los ingleses para tomar Cartagena. Este es el carácter español, el carácter de nuestros padres. Esta es la historia de la nuestra España. Y esta, la historia de los que fueron a Santa Marta para dar un poco de alegría a los que la necesitaban.

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 DÍA 7

El amor de una madre a sus hijos a cambio de nada

 DÍA 6

Galería fotográfica de la jornada

DÍA 5

 

Cachitos de historias

 

“490 años mi Santa Marta y sigues siendo la bahía más hermosa de América. Quien te visita no se quiere alejar de ti. Y cómo hacerlo si tienes todo para ser mágica…”. Con toda la belleza que describen estas palabras, cuyo texto habla de manera extensa de la magnífica ciudad, los calificativos siguen quedándose cortos.

Para que podamos entendernos, el grupo de voluntarios (más de 100 personas) está dividido en tres grupos para poder llegar a todos los barrios desfavorecidos de Santa Marta. San Pablo, Pastrana y Bastidas (nombre derivado del fundador de la ciudad, D. Rodrigo de Bastidas) son los tres poblados que hemos estado visitando durante esta primera semana en Santa Marta. Os aseguro que a cada cual, mayor era la satisfacción de los voluntarios cuando llegaban a Casagrande, nuestro alojamiento en la ciudad.

Sería indigno por mi parte contaros todas las historias que los samarios de cada barrio comparten con nosotros. Sí puedozdeciros que las historias son de lo más variopintas. Hay gente que ha sufrido mucho: algunos han tenido pérdidas de familiares que te sobrecogen el corazón, otros han sido desplazados de sus hogares en el centro del país por culpa de la guerrilla y sus aspiraciones territoriales, otros tantos han tenido problemas con las drogas y están sin trabajo… Efectivamente, todo aquello que vosotros no os podríais imaginar ni en los peores sueños.

Pero aun así, no creeríais las sonrisas que se dibujan en el rostro de cada uno de ellos. A pesar de todas las penurias y desgracias que en sus vidas acaecieron, no pierden la esperanza. No pueden permitirse ese lujo, porque para ellos, no existe la queja, sólo la lucha diaria y la convicción de que con esfuerzo y tesón, sus vidas mejorarán para darles a sus hijos un futuro prometedor.

He de deciros que la vida aquí no acaba en el voluntariado… También tenemos tiempo para nuestro ocio y disfrute. Este miércoles, 8 de julio, pudimos ser testigos de la huella que España dejó en América, allá por 1525 en esta tierra colombiana. Ese día decidimos ir, después del voluntariado, a comer a una playa muy bonita que tiene el caribe de Colombia, Playa Grande.

Para llegar a esta playa hay que pasar por, ahora sí, parte de la historia de nuestro país en esta tierra. Para poder ir a Playa Grande, debíamos pasar por Taganga, una pequeña población en la que en 1526 se construyó la primera iglesia edificada en suelo continental, intacta con el paso de los siglos. He de confesaros que una sensación de orgullo patrio afloró en todos al observar aquella centenaria construcción.

De camino a esa magnífica playa, había un pequeño cerro en el que la parada era absolutamente obligada para los que fueran a pie hacia nuestro destino. La vista es indescriptible y no se puede contar con palabras lo que aquello transmitía: en el horizonte, la línea del Caribe se fundía con el gris azulado que las nubes del cielo decidieron vestir aquella tarde; a la derecha, esa bahía que, gracias a Dios, no ha sido masificada, donde el azul turquesa del mar aún conserva ese brillo paradisiaco que todos nos imaginamos al pensar en el Caribe; a la izquierda puedes imaginar la llegada de las carabelas españolas con Rodrigo de Bastidas encabezando la expedición hacia esta tierra tan maravillosa.

Pero hoy ha sido un día de despedidas. Hoy hemos acabado la primera etapa en nuestros lugares de destino y la huella que hemos dejado para muchos de los lugareños será imborrable. Pero esto sigue y lo que queda por venir… no podemos esperar para verlo. Colombia es mágico.

 

DÍA 4

Historias impactantes

 

DÍA 3

DÍA 2

 

¡Ésa es la actitud!

 

DÍA 1

 

Descubriendo América

 

No sabría bien cómo empezar esta carta. No sabría bien cómo contar el viaje. No sabría deciros bien, lo que es Colombia. Una tierra tropical, caribeña, en la que abundan frutas tan dulces que olvidas el sabor del azúcar más puro; en la que el calor te envuelve de una manera que jamás habrías imaginado…

Día 1. Voluntariado en Colombia. Showing Foundation

Día 1. Recibimiento en Santa Marta

Y no me refiero a los 38 grados de temperatura máxima, ni al nivel de humedad del 200%. El calor que nos envuelve aquí, en Santa Marta, es el calor de su GENTE. Cualquier persona, de cualquier índole o condición social, emana una simpatía y una alegría únicamente propia del que se sabe caribeño, “costeño” de Colombia. Una bienvenida a base de zumos de fruta (jugos, como aquí les dicen) con tanto sabor que hacen olvidar el sabor de esos zumos de bote que bebemos en España; un recibimiento a ritmo de Cumbia con la Reina del Folclore Colombiano (y no bromeo) con la que alguno tuvo el atrevimiento de intentar seguir su ritmo, que por supuesto acabó en una mofa general.

 Como he mencionado antes, no es el calor abrasador del sol caribeño el que sobrecoge, es Santa Marta y su gente. Después de haber estado dos días conociendo un poco todo lo que haríamos, el grupo de españoles que ha venido hasta aquí ha comenzado su voluntariado sin problemas. A pesar de todas la pruebas que hay que soportar para mantener el tipo en estas duras condiciones, la recompensa de la sonrisa en el otro, es más valiosa que todo el oro del mundo.

Teníamos un poco de miedo al principio, lo reconozco. No saber bien donde vas a estar, con quién te vas encontrar, en qué condiciones… son factores que te hacen plantearte el sentido del viaje. Pero una vez allí, en nuestros lugares de trabajo… AMOR, es lo único que puedo ver. La Entrega de las personas que aquí nos esperaban con los brazos abiertos y la respuesta amigable de todas las personas con las que trabajamos, hace que no podamos más que acostarnos pensando en la mañana de trabajo y entrega que nos espera al día siguiente, pero una espera de deseo.

Santa Marta está en el Caribe, donde el calor es abrasador y la humedad bochornosa. Pero como os digo, no es este el calor que te impresiona, es el calor de su GENTE.

 

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